Mis dedos recorren su cuerpo mientras su olor se impregna en mi alma. Los rayos de sol que atraviesan la persiana penetran entre su pelo como si el sol estuviese intentando calentar su corazón. Me habla de lo que piensa y lo que sueña mientras yo pienso en la jodida suerte que tengo porque está ahí. Cada vez que se cierra la puerta me dan ganas de susurrarle “vuelve” aunque la puerta no se haya terminado de cerrar, porque acariciar su pelo se ha convertido en debilidad. Nadie nos enseña a ser fuertes y mucho menos a mostrar nuestro lado oscuro mientras nos acarician la mejilla y nos besan en la frente. El miedo se presenta en todas las formas posibles para luchar contra la valentía de querer arriesgando, aunque sepas que puedes perder, que puedes perderte; pero sabes que da lo mismo porque no entiendes otra forma de mirar a sus ojos que no sea entregando tu alma a cada instante, a cada segundo, a cada minuto, a cada caricia. Hay personas capaces de acariciarte el alma sin siquiera tocarte, capaces de hacerte sonreír aún en la distancia y capaces de lograr que te quieras a ti misma como nunca lo has hecho solamente con un susurro y te das cuenta que quieres pasar tu vida con esa persona cuando te gustaría que sus abrazos fuesen eternos y el tiempo se parase en cada beso y en cada momento. Hay personas que logran hacer magia en tu corazón sin necesidad de trucos.
Mis labios recorren su cara mientras sus manos acarician mi cuerpo saboreando cada centímetro como mis labios saborean los suyos a cada instante, querer demasiado es posible, tan posible como ese dolor inexplicable que produce el miedo a hacer daño. Me paro a pensar mientras miro al techo en la suerte que tengo por tener a una persona así en mi vida a la vez que las lágrimas recorren mis mejillas como lo hacen sus manos cuando pienso en que solamente unos metros de distancia son suficientes para echar de menos porque estar a su lado es la medida de mi tiempo y es que cuando alguien llega a tu vida de la forma menos pensada, cuando alguien llega a tu vida y pone tu mundo del revés, solamente tienes dos opciones: arriesgar o desaprovechar la oportunidad y no soy de las que se quedan sentadas en el sillón viendo los trenes pasar, porque la verdad, es que espero que este tren no tenga parada final, bueno, sí, sus abrazos.