A ti, Mamá.

No sé como empezar este texto, únicamente tengo claro que lo escribo entre el humo del incienso, la esperanza de los sueños y la melancolía del pasado.

Nunca te pude conocer y siento que me hablaron demasiado poco de ti, o tal vez, yo pregunté demasiado poco. A veces resulta complicado abrir viejas heridas que parecen cicatrizadas, aunque en el fondo sepamos que no, que hay heridas que no cicatrizan. Cometí mil y un errores en mi vida, o tal vez fueron mil dos… perdí la cuenta. Uno de los muchos que fue que nunca te fui a ver, no sé, supongo que siempre me dio pavor, supongo que ir sería aceptar que jamás te veré, te conoceré, que jamás podré quitarme la espina que tengo clavada en el alma.

Tu y yo sabemos que me acuerdo de ti, mas de lo que la gente piensa, tu y yo sabemos las conversaciones que tenemos, bueno, que tengo, las promesas que hago que nunca cumplo y los cabezazos que estarás dándote por tropezar varias veces con la misma piedra. Tal vez, sea una cuestión de madurez el hecho de estar aquí sentada escribiéndote, o tal vez, creo que te lo debo, y que este es uno de los medios que más amo y mimo (aunque a veces lo tenga abandonado), uno de los espacios que más lagrimas me ha visto derramar. No sabría por donde empezar, ni por donde terminar, no sé mamá, tienes una hija testaruda, luchadora, insegura, seria, sarcástica, sensible, romántica, detallista, protectora, que oculta lo bueno y presume de lo malo como coraza ante el mundo, que no hizo la comunión como tu deseabas por mucho disneyland que le prometiesen, ni tampoco pretende casarse, una niña que los fines de semana no viste tacones si no botas y uniforme, una niña de fútbol y no de barbies. Una niña mujer que prefiere besar dragones que creer en príncipes y tu y yo sabemos los motivos, una mujer que no necesita castillos en el aire ni tampoco que le bajen la luna, porque si quiero, ya me la bajaré yo, que no quiere promesas de tantas veces que le han fallado, una temerosa insegura que se acuesta con las mismas dudas con las que se levanta, una persona que prefiere escribir cartas en silencio por no perder a cantar arriesgando la victoria. Es complicado mirarse al espejo, ver un pequeño reflejo de ti y no poder decirte que me hubiera gustado parecerme a ti, no sé, si me parezco, o si como creo, soy la oveja negra que va a su rollo y que, no se sabe donde va a terminar. La madurez que me han dado estos años de vida, todo lo vivido, no es ni será suficiente para soportar que no estés aquí, para soportar no poder levantar el teléfono cuando tenga un problema al que no ver salida. Sabes la cantidad de veces que he maldecido no tenerte, la cantidad de veces que he maldecido que no estuviera para abrazarme, la cantidad de veces que le he llorado a la vida por arrebatarte tan pronto de mi lado. Muchas veces el árbol no me deja ver el bosque y necesito que me guíen para poder verlo, pero no estás, ni estarás.

Y aquí cuatro clinex después, humedecidos de lagrimas, las lagrimas que no te pude llorar, las lagrimas que lloraron los demás. Dicen que cuando una madre o un padre mueren, es porque ese niño o niña no tiene ángel de la guarda, y deben morir para protegerlo y cuidarlo. Pues yo te juro que hubiera preferido no tener ángel de la guarda y tenerte aquí a mi lado. No sé que hubiera sido de mi, ni si habría vivido tantas experiencias, tal vez, quien sabe, igual hubiera sido médico o veterinaria, y no así, estando a medio camino de tantas cosas, con tantas complicaciones, que a veces siento que nunca jamás seré quien quiero llegar a ser, que todo aquel que se sienta a mi lado, se acaba marchando por mi locura, por mi fantasía, por no ser lo que quieren o imaginan que sea, por no llevar la estabilidad que creen necesitar. Y joder, que mal se pasa, me ha pasado tantas veces, que me cuesta creer y confiar. Esos detalles que me vuelven un desastre y que te traerían loca, esos pequeños defectos que me hacen una imperfecta más en un momento de estereotipos perfectos donde nadie encuentra a nadie, donde la infelicidad reina en los corazones, donde pocos son o somos capaces de luchar por nuestros sueños. Eché de menos no tener tu mano cuando me caí tantas y tantas veces, un pañuelo tuyo cuando me partieron el corazón en mil pedazos, un tortazo cuando me equivoqué de decisión, una regañina por las malas notas, eché y echo de menos tantas cosas y tantos momentos que nos robaron que no podría escribirlas en este papel, porque no entrarían.

¿Sabes? Cada vez que abro mi caja de los recuerdos, pienso en todos los momentos que te has perdido y tal vez por eso te cuente todos y cada uno de ellos, por eso, aunque pocas, alguna vez te he pedido algo que deseaba, dicen que llorar cura el alma, yo debo tenerla muy sana por todas y cada una de las lagrimas que he derramado en mi vida. Yo no sueño con ser feliz, porque si tiene que llegar, llegará, pero si sueño con dejar de sentirme pequeña, con dejar de sentir temores, con arrancarme la valentía del pecho y decir las cosas que nunca dije a aquellos que se fueron. Es curioso, siempre nos acordamos de quienes no están cuando se fueron y no cuando estaban. Mientras lo daban todo por nosotros, no le dábamos importancia, pero una vez que se fueron, queremos que estén aquí.

Tengo que terminar de escribir esto, y la verdad es que seguiría escribiendo eternamente si eso me acercas un poco a ti, si eso permitiese que te sintiera aquí a mi lado, si eso, esos minutos escribiendo te devolverían a la vida, mamá. Esta noche te he hecho una promesa, y te he pedido algo, algo que, sabes cuanto deseo. Y te he prometido que iba a ser mejor persona, que iba a provocar que te sintieras orgullosa aunque para mi fuera sacrificio tras sacrificio, que iba a seguir luchando por mis sueños de forma incansable, e iba a hacer reír estés donde estés con mi caos, y con mi orden, sin conocerte, sin conocer lo que soñabas para mi, poco más puedo prometerte. El deseo quedará entre tu y yo, como muchas otras cosas, que solo sabes tu y yo.