Pasiones al piano

Los dedos se deslizaban sobre las teclas del piano como si acariciasen un guante de seda, respiraba profundo mientras los sonidos de las teclas se escuchaban en cada rincón de la casa. Su vestido fino se movía al son de la sintonía, recordando a cada golpe de tecla aquellas manos que habían recorrido su cuerpo de forma suave y lenta, poco a poco de las caricias se pasó a los besos en la boca, a devorarse los labios, para comenzar a bajar por el fino cuello con suavidad y pasión. A cada recuerdo, a cada momento ella suspiraba y golpeaba con más fuerza las teclas del piano, dejándose llevar por la pasión del recuerdo incandescente, levantó la cabeza y comenzó a recordar las manos acariciando las piernas y subiendo hacía los muslos, sus suspiros eran cada vez más profundos y entre cortados. Cada momento deseaba que estuviera él ahí, detrás, viéndola tocar las teclas con ese énfasis, continuó con la melodía mientras se mordía los labios como se los habían mordido a ella, recordando cada parte besada, recordando cada instante de placer, cada minuto convertido en segundos y cada hora convertida en deseo. La sintonía comenzaba a ser más grave y sus movimientos sobre el teclado más y más fuertes a la vez que sus pensamientos cada vez eran más irremediablemente pasionales. Con los ojos cerrados se dejó llevar por la melodía dibujando aquello que provocaban, dibujando aquello que no había logrado entender. Sentía el pelo entre sus delicados dedos, como si estuvieran en ese momento entrelazados, sentía cada parte del cuerpo mientras declaraba la guerra a la cama, miraba al horizonte buscando tal vez el por qué había sido ella y no otra. Cada tecla recopilaba “perdones” por si hicieran falta o tal vez no, miraba al horizonte mientras respiraba profundo sintiendo que la vida le daba una tregua de soledad mientras intentaba imitar la sintonía de su vida. Comenzó a acariciar las teclas de nuevo, irguiéndose en la silla porque el corazón se le encogía cada vez que recordaba cada arañazo pasional, cada acercamiento, cada sabana humedecida de sudor y pasión. El techo comenzaba a dar vueltas al ritmo de la vida, con la misma rapidez con las que esas manos le provocan el máximo placer. Dibujando sonrisas en el cristal mientras continuaba saltando por las teclas de aquel viejo piano sin saber cuál era la sintonía de comienzo, ni de final, pero no importaba porque tenía clara la sintonía del presente, la que sus dedos continuaban tocando sin parar un segundo, la que intentaba memorizar a cada instante aunque los acordes no fueran los correctos; aquella melodía, de aquél día que jamás olvidaría, de aquellas manos recorriendo cada uno de sus lunares y de esa boca que acariciaba cada uno de sus rincones. No podía abrir los ojos, porque sentía que si lo hacía el sueño se iba a despejar y cuanto más los cerraba más sentía el calor del aliento en su nuca, los besos por su delicado y suave pecho. La estela que han dejado las nubes a través de su ventana son un mar inmenso como las sabanas que habían sido testigo de la más absoluta locura. Esa absoluta locura gritada en silencio cuyo máximo poder eran los susurros en la mañana más fría del invierno en aquel lúgubre lugar.