Hay cangrejos que caminan hacía atrás…

La vida está llena de recuerdos, de metas, de momentos inexplicables que en algunas ocasiones logran superarnos y dejarnos bloqueados sin saber qué hacer ni qué decir. De sonrisas que no llegan e incertidumbres que no cesan. De inspiraciones que se marchan, y decisiones que nos tocan. De estancamientos en lo más profundo. Y en esas espirales cuenta la leyenda que existen personas que se preocupan más por otros, que por sí mismos, que cuando una de esas personas se te cruza y por muy mal que este, es capaz de controlar la situación ajena y darte lo mejor de sí mismo, es capaz de sacarte una sonrisa y de darte su brazo, aunque le falte medio del otro. Cuenta la leyenda que, si esa persona dice que está bien, probablemente haya tenido un día de mierda, pero no quiere que lo sepas; probablemente cuando te ayuda no es capaz de ayudarse a sí misma, pero continúa caminando, para hacer lo que mejor sabe. Cuentan las historias que no les gustan los abrazos porque les hacen débiles y que les encanta que les traten por fuertes, aunque no lo sean, aunque en realidad se mueran por un abrazo. Personas que odian cumplir años, porque significa darse cuenta de todo lo que no lograron durante el año, todo lo que le prometieron a la vida y se olvidaron. Personas que tienen recuerdos bloqueados que torpedean su futuro y, aun así, siguen caminando. Cuenta la leyenda que, en los días malos, prefieren encerrarse a luchar contra sí mismos. Son personas que echan de menos a personas que se fueron, que dejaron de estar, o que simplemente se alejaron sin dar explicación. Son personas incapaces de echar de menos en voz alta, aunque lloren por no ser capaces de echar de más. Se cansan de los años de altibajos, de los años malos, de los años en los que nunca llega la gana de celebrar el cumpleaños porque algo pasará que arruinará todo. Se cansan de luchar contra gigantes cada vez más grandes porque se ven más y más pequeños; se cansan de la fachada de roca y cada vez necesitan más y más aquello que jamás tuvieron y que ellos mismos no saben que es. Personas capaces de temblar de miedo cuando creen que pueden perder a alguien, aunque solo sea su concepto y visión; personas que sufren al tener que explicar o contar por miedo a que otros huyan. Son apoyo hasta cuando no se soportan ni a sí mismas, entonces la gente se va; lo han vivido una y otra vez.  Nos damos cuenta que tenemos manías, esas pequeñas, que creemos invisibles a los ojos ajenos pero que nosotros evitamos controlar cada día. Aprendimos que a veces, solo a veces, merecemos que nos quieran y debemos dejar que nos demuestren que somos importantes. Por una vez dejamos que nos tiraran porque, aunque nadie lo veía, no podíamos más, más de nada. Solo queríamos respirar aire fresco y mirar al cielo para buscar la inspiración. Por una vez, necesitamos con todas nuestras fuerzas un abrazo de los que dejan sin aliento. Por una vez, intentamos abrirnos a los oídos de la soledad. Por una vez, intentamos aquello que queremos, aunque no hayamos pedido permiso. Por una vez, y aunque nadie lo entienda, dejamos de mirar el reloj del siguiente problema y nos sentamos al lado de la siguiente solución. Aun sin fuerzas, aún sin ganas, aún sin nada seguimos dando esa mano que nos falta a quien lo necesita. La frustración de las cosas mal hechas, la ignorancia obligada, las lágrimas resecas en las mejillas, andando siempre hacia atrás recordando una y otra vez, añorando una y otra vez. Sintiendo una y otra vez que somos cangrejos que solo caminamos hacia atrás.